Democracia adolescente

Las semanas pasadas, la ciudad de Guatemala vivió jornadas de malhumor y denso tránsito por manifestaciones que complicaron el desplazamiento durante días completos. Una de ellas fue la marcha campesina requiriendo al gobierno la liberación de varios líderes comunitarios del occidente del país, capturados y acusados de delitos relacionados con el robo de energía eléctrica (robo de fluidos) y su comercialización ilegal. En la marcha participaron varias organizaciones campesinas y otras pertenecientes a esa nebulosa que los medios llaman “sociedad civil”, pero que nunca definen.

Lo interesante es que Guatemala ha pasado la infancia y la adolescencia de su sistema democrático asediado por este tipo de sucesos, que han afectado la gobernabilidad del país, cuestionando la autoridad del Presidente de la República, poniendo en jaque a las fuerzas de seguridad y dejando sola y desprotegida a la población que ve violados sus derechos (al trabajo, a la libre locomoción, por mencionar dos) por grupos que les impiden o hacen laborioso el mero hecho de llegar a sus trabajos.

El anterior estado permanente de tensión no es nada nuevo. Lo hemos heredado desde los lejanos tiempos de Cerezo, cuando se confundió la libertad con libertinaje y se institucionalizaron prácticas violatorias de los derechos humanos de la mayoría en beneficio de una considerable minoría disconforme con los hechos políticos del momento. Le doy un ejemplo tomado de las páginas de la revista Crónica, que estoy seguro no le va a sonar extraño en lo absoluto:

“En nuestro incipiente régimen democrático uno de los mayores peligros que lo amenaza no es la guerrilla ni la influencia de países totalitarios. El peligro que puede liquidar este nuevo experimento proviene del interior de quienes se desenvuelven en él: los grupos de presión y los partidos políticos. Hasta el momento, el gobierno ha funcionado, para bien o para mal, gracias al acoso constante de los grupos de presión…”

Es claro que el artículo tenía un contexto histórico, político y social propio, que tiene que ver más con los preparativos de los antagonistas del conflicto armado interno para insertarse en la vida civil que con el actual, en el que estamos asediados por el crimen organizado. Pero, sí que explica y da claves para entender por qué estamos en la encrucijada en la que estamos a 26 años de publicado el citado artículo.

Sucede que la recién nacida democracia trataba de echar sus raíces en un país en el que la violencia y la desconfianza eran reinas desde 1962. Adicionalmente, la guerrilla, reducida a remotas zonas del macizo montañoso central del país buscaba cómo trascender su destino y hábilmente empezaba a transformarse en organizaciones no gubernamentales e instituciones que terminarían por conformar ese conglomerado nebuloso y de cuestionable representación que, como he dejado apuntado arriba, llaman sociedad civil. Los hechos los ha investigado y relatado con avasalladora honradez, el británico Roddy Brett (Universidad de Londres) en un interesante y poco comentado libro titulado “Social Movements, Indigenous Politics and Democratisation in Guatemala, 1985-1996″, libro en el que se desarrolla con todo detalle cómo ciertas organizaciones que funcionaron como frente político (secreto) de los grupos guerrilleros fueron acomodándose a las nuevas reglas del juego democrático hasta romper el clandestino cordón umbilical que los unía con sus brazos armados y, que de paso, fueron absorbiendo a algunos de sus miembros, permitiéndoles pasar a la legalidad.

En ese sentido, resulta altamente ilustrativo el artículo “La democracia de unos pocos” porque nos brinda una mirada de la época, es decir, cómo este proceso de transformación, descrito por Brett en su libro, se percibía en el día a día de los guatemaltecos al instante de estar ocurriendo. Es interesante que desde ese momento se hablaba del fracaso del sistema de partidos políticos y en consecuencia la pérdida de conductos de comunicación de la población para con las esferas de poder.

Decían hace 26 años: “…Lo que menos interesa es la voluntad del afiliado que se identifica más con el partido en función del emblema de éste o de la simpatía personal del líder máximo, sin entrar a preocuparse por asuntos ideológicos o programáticos que pudieran diferenciar a su agrupación de las otras. Y la voluntad del afiliado únicamente es importante a la hora de las elecciones. el resto del tiempo, la dirigencia se maneja como un club muy exclusivo, sin retroalimentación de sus presuntas bases.”

Estas crudas afirmaciones abren paso a una reflexión madura y profunda que nos da muestra de la calidad periodística y del análisis objetivo que ambicionaba la publicación, con conocimiento pleno de las teorías de la política y de la historia que enorgullecería al mismo Maurice Duverger, cuando apunta el autor del artículo:

“Al carecer de una base popular real, los partidos políticos guatemaltecos han cedido todo el espacio a los grupos de presión. Si hay una decisión que no favorece a los intereses de los empresarios el descontento no es encauzado a través de los que debieran ser sus voceros políticos. El descontento es canalizado por medio de las entidades gremiales, como las Cámaras o el propio CACIF, que comienzan a presionar hasta que logran una negociación. Y los mismo sucede ahora con los sindicalistas. Aunque el sindicalismo en el sector privado no ha alcanzado el necesario nivel de desarrollo para considerarlo como un grupo de presión tan importante como el CACIF, ya empieza a ser escuchado…”

A un cuarto de siglo de los días en que gobernaba el primer presidente civil de la era democrática, uno no puede sino sentir nostalgia por la calidad del contenido de la publicación, y sentirse iluminado cuando las ideas van encajando en lo que uno haya podido leer en los libros que recientemente se han publicado y empezar a armar el rompecabezas que es la historia de nuestro amado país.

Así, las conclusiones del artículo nos resultan esclarecedoras, y que para mayor claridad esquematizo a continuación:

1. El verdadero poder político reside en los grupos de presión. Los partidos políticos únicamente tienen fuerza electoral, no política y en consecuencia su efectividad post electoral es nula.

2. Es negativo para el desarrollo de la democracia que los grupos de presión sean los que orienten las decisiones de gobierno y no los partidos políticos, porque sus intereses son estrictamente específicos.

3. En este contexto, los partidos políticos son más bien clubes de élites políticas, que carecen de representatividad de los intereses de la población.

El artículo reproduce los miedos que flotaban en el ambiente político del año 1988, el tercero del gobierno demócrata cristiano y que se habrían de materializar tan sólo tres meses después cuando los militares de la base de Jutiapa se alzaron en contra del gobierno:

“…De otra manera el vacío de poder que tiene acosado en este momento al presidente, puede servir de pretexto para un nuevo golpe. Y con el golpe, muy pocos podrán expresar abiertamente sus opiniones…”

Este miedo, que se materializó en una decena de intentonas golpistas más (la más significativa luego de la de mayo de 1988, fue el alzamiento de la brigada Mariscal Zavala y el Agrupamiento Táctico un año exacto después), fue conjurado por el general Alejandro Gramajo, una persona odiada por muchos, pero al que se debe reconocer sostuvo la institucionalidad y la democracia en esos meses de tormenta, permitiendo que la democracia guatemalteca siguiera su accidentado camino.

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