El Ébola, otra vez…

Sin lugar a discusión la epidemia de Ébola es el tema internacional de actualidad, junto con el lamentable surgimiento de ISIS en la siempre inestable región del Oriente Medio. Pero estimado lector, se engaña si cree que la agresiva expansión de esta enfermedad de nombre terrorífico (heredada de un turbulento río del África Central) es cosa nueva.

Hace casi 20 años, los que tenemos memoria de esos eventos preocupantes, supimos por primera vez de ésta enfermedad y de su agresiva tasa de mortalidad. Es una enfermedad tan agresiva que casi provoca su propia extinción, pues los infectados por ella mueren tan rápido que apenas logran contagiar al prójimo. Al menos, eso pasó en 1999, cuando por primera vez se publicó su nombre en estas tierras centroamericanas.

El primer brote de Ébola se ubica a mediados de la década de los 70s del siglo pasado, y fue apenas una nota al pie de página. Imagino que en esa convulsa década, con grupos terroristas actuando desde centroamérica hasta la misma Europa, crisis de petróleo, la guerra del Yom Kippur, los estertores de Vietnam, las masacres de Camboya y demás sucesos, una enfermedad extraña en el centro de África no mereció más que una nota mínima entre los sucesos internacionales.

El segundo brote, en los 90s, tuvo más cobertura mediática, sobre todo porque según los periodistas había surgido del silencio de la selva sin previo aviso. Crónica le dedicó una portada bajo el título EBOLA, ALARMA ROJA MUNDIAL. Y aunque el título pudiera parecer amarillista, le seguía un interesante artículo de investigación firmado por Alfonso Armada y Malen Ruiz de Elvira.

“…un pirata celular se había apoderado de Kinfumo hasta licuar sus órganos, destruir su cerebro y, literalmente, reventarlo. La tumba de Kinfumo es ahora una más de las que se levantan frente a la catedral de ladrillo y hojalata de Kilwit, una ciudad de 400 mil habitantes, a 600 kilómetros al oriente de Kinshasa, la capital de Zaire, escenario de un nuevo brote del virus Ébola, el más mortífero y depredador de los conocidos.” 

Las cosas han cambiado desde entonces. Otros pequeños brotes de la enfermedad fueron familiarizando el nombre del virus entre los lectores de revistas internacionales. Zaire desapareció, licuada no por el virus sino por las endémicas guerras civiles que azotaron al continente africano y el surgimiento de otra república, Congo, que lucha por consolidar sus fronteras y un poder central. En tiempos del reportaje, era inimaginable para cualquier guatemalteco que soldados compatriotas resultarían patrullando sus polvorientas carreteras y que las tropas de élite Kaibil serían utilizadas para operaciones de máxima prioridad en la zona. Recordemos que fue bajo la bandera de la ONU y bajo órdenes de un general británico que un pelotón de estos soldados guatemaltecos morirían en una emboscada a orillas de otro río de nombre remoto intentando capturar al líder del Ejército del Señor.

Continuaba el interesante reportaje:

“El mismo día en que Kinfumo entregó el alma, el anestesista, la enfermera y la monja que lo habían cuidado enfermaron. Presentaban los mismos síntomas que Kinfumo: fiebre alta y diarrea. ‘Los tres murieron el mismo día, el 26 de abril, aunque a diferentes horas’, precisa Katuiki, quien todavía no se ha desprendido de las fundas de papel esterilizado con las que cubre sus zapatos para caminar por las zonas calientes del hospital de Kilwit, cuartel general de la lucha contra el rebrote de Ébola.”

Recuerdo que leí por primera vez del Ébola por un amigo del colegio que recibía la revista dominical de El País de una tía que se las mandaba al final de cada mes. El artículo era una sesuda reseña del libro de Richard Preston, Zona Caliente, su investigación sobre el origen de esta enfermedad bajo el dosel verde del centro de África y su llegada a los Estados Unidos en un lote de monos infectados. Devoré el artículo con tal deleite que aún guardo la fotocopia, ajada, manoseada, leía y releída, hasta que unos años después vino el libro a Guatemala y lo pude comprar y leer, reviviendo las tribulaciones de la oficial y médica veterinaria del ejército USA, Nancy Jaax, encargada de contener el brote en unas instalaciones médicas en Atlanta, Georgia.

“Había algo en el aire. Se pusieron en contacto con Jacques Muyembe, profesor de Microbiología de la Universidad de Kinshasa. ‘Pensábamos que se trataba de la diarrea roja’, señala Mapanda, una epidemia que ha caído sobre la comarca de Kikwit al mismo tiempo que el Ébola. Simultáneamente, enviaron muestras de sangre de los infectados al Centro de Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de Atlanta, Estados Unidos. ‘El 8 de mayo llegó la respuesta. Se trataba de una cepa de virus Ébola, también conocida como fiebre hemorrágica, que mata a nueve de cada diez infectados, en medio de espantosos dolores, y para el que no hay vacuna’.” 

El artículo esboza los orígenes de la enfermedad, que al parecer mora en las células renales de los monos verdes africanos, y es un filovirus (virus filamentoso). Se manifiesta en virus Marburgo (el más benigno), Ébola Zaire y Ébola Sudán. El más violento es el Ébola Zaire, con 90% de mortalidad.

“El virus daña todos los tejidos y hace brotar la sangre por los orificios del cuerpo. Pecho, brazos y rostro quedan cubiertos por moraduras. Aparecen gotas de sangre por los pezones. Cae el cabello, la piel de la cara y de las manos. Los genitales se pudren. El enfermo llora lágrimas de sangre.”

Este cuadro clínico hace que la más reciente pesadilla de ciencia ficción-medicina de la serie Helix palidezca de verguenza. La enfermedad negra de la televisión que ataca las pantallas los domingos a la noche es una babucha en comparación con la sanguinolenta huella del Ébola. Una vez más, la realidad supera a la ficción.

El artículo transporta al lector de las sofocantes selvas del Congo a la más templada atmósfera de los edificios de Atlanta, en donde una unidad militar especializada en el control de enfermedades luchaba en ese año de 1995 por encontrar las claves para controlar el brote. Uno de ellos califica al Ébola como “una venganza del ecosistema tropical degradado y atacado por el hombre”.

Una nota más del artículo para dejarlo en paz para que lo busque y lo lea, porque vale la pena:

“Y no conviene olvidar que la llamada ‘autopista del sida’ tiene su origen en Kinshasa y atraviesa la cintura tropical del continente de parte a parte. En diez países africanos, la esperanza de vida, uno de los más precisos indicadores del desarrollo social, decrecerá todavía más en los próximos años: una esperanza que en buena parte de África Central no supera los 46 años de vida. Una existencia demasiado terrible en la que las epidemias no son más que la otra cara de las guerras civiles y las luchas étnicas que raramente ocupan los titulares de la prensa mundial que tanto se ha excitado por el olor de la sangre del Ébola.” 

Este artículo es sin duda otro aporte memorable de Crónica para comprender el mundo en que vivimos hoy, sobre todo si pescamos una línea más:

“…el Ébola volverá (…) Porque ésta es la mayor tragedia. El brote no va a ser fácil de controlar, aunque no me atrevo a decir que sea imposible hacerlo. Es la primera vez que un virus de esta naturaleza, tan mortífero, avanza en una ciudad y amenaza con trasladarse a otra poblada por más habitantes todavía…”

Entonces parecía que estas palabras de Preston eran una estrategia mediática para vender más libros. Hoy, en el 2014, tenemos Ébola en Houston y en Brasil, como acechando por norte y sur…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>