El tema de nunca acabar.

A veces pareciera que Guatemala gira alrededor de sí misma, como ese perro que trata de morderse la cola. Revisando la colección electrónica de Crónica me topé con un número en cuya portada se denunciaba las lamentables condiciones del Aeropuerto Internacional La Aurora.

Bajo el título “Aterriza como puedas”, se diseccionaba la situación que entonces vivía nuestro aeropuerto internacional, que vale decir, fuera del renovado cascarón que nos costó un ojo de la cara gracias a la suave mano de Berger, no solucionó la precaria situación de la terminal aérea. Me parece que nunca se llegó a cuantificar el desperdicio y la malversación de este negocio, quedando todos contentos, como dice el dicho “con la fortuna en casa”, porque no sirve el aire acondicionado, la terminal está mal iluminada y las instalaciones internas dejan mucho que desear.

“El aeropuerto también carece de otras medidas de seguridad indispensables. Un avión con desperfectos en su tren de aterrizaje encontrarían serias dificultades para aterrizar en Guatemala. Las limitadas provisiones de espuma contra incendios y la maquinaria existente, no permitirían regar con esa sustancia ni siquiera la mitad de la pista y la nave tendría que aventurarse a aterrizar con un alto riesgo de prender fuego al rozar el pavimento.” 

Esta denuncia que nos habla desde 1990 pareciera ser muy actual. Todos hemos leído en meses pasados sobre el gran conflicto que ha tenido lugar en la Dirección General de Aeronáutica Civil, que permanece intervenida desde hace años, dentro de la cual se han venido sucediendo interventores que no logran solucionar los problemas de corrupción y mala administración que aquejan a la terminal aeroportuaria, que incluso ha amenazado con que la autoridad federal de aviación de los Estados Unidos AFA nos retire la calificación de aeropuerto internacional.

Esta amenaza que pende sobre nosotros desde los lejanos e ineficientes años del presidente Berger, no logró desaparecer pese a la ambiciosa remodelación del aeropuerto. Al final, fuera de los cambios cosméticos que le hicieron a la terminal, sólo los trabajos de la pista lograron posponer la tan temida descalificación.

Recuerdo que desde esa época, e incluso antes desde la gestión de Álvaro Arzú, se venía planteando la posibilidad de construir una terminal aérea en zonas más lejanas a la ciudad que permitiera construir un aeropuerto que cumpliera con todos los estándares de seguridad que exigen las autoridades aéreas internacionales. Incluso dos firmas, una japonesa y una coreana, anduvieron merodeando los despachos de nuestros mediocres gobernantes para hacerse de una concesión que uniera al nuevo aeropuerto con la capital con un ferrocarril, cuya terminal central sería la actual terminal aérea. Ignoro los detalles que llevaron a desechar este ambicioso proyecto en tiempos de Berger, pero creo que los oscuros manejos de la ampliación y remodelación del actual aeropuerto nos pueden dar luces al respecto.

En el artículo se habla de un estudio y proyecto realizado por la Agencia Internacional de Cooperación de Japón (JICA) que “busca corregir las limitaciones existentes y prevenir accidentes“, plan que pareciera fue adoptado por la gestión de Berger para impulsar la remodelación aeroportuaria, y que tal vez, si se hubiera desarrollado con responsabilidad y transparencia, hubiera arrojado los resultados proyectados por la citada agencia, que planteaba: “…para el año 2005, 2.6 millones de pasajeros utilizarán las instalaciones del aeropuerto, lo cual hace indispensable el mejoramiento de la terminal de pasajeros.” Pese a los pesares, el aeropuerto internacional La Aurora sigue siendo una puerta vital de comunicación del país con el exterior, importancia fundamental que pareciera escapar a los gobernantes cortoplacistas que solemos elegir cada cuatro años.

Al aeropuerto se le ha dotado de una nueva torre de control, se ha capacitado a un importante número de controladores aéreos y se han comprado dos radares de amplio espectro, uno ya instalado y otro en espera de habilitarse, y dada la ineficiencia de la autoridad aeroportuaria parece lejana la hora en que ambos radares controlen la totalidad del espacio aéreo nacional, limitación que actualmente beneficia a los narcotraficantes, por ejemplo.

Una ventana al pasado que nos habla directamente de los problemas que nos aquejan hoy, por falta de planificación, por falta de un proyecto de desarrollo de largo plazo. Espero que si esta entrada sobrevive al tiempo, y es consultada dentro de 20 años, ya nuestros hijos estén viajando a un aeropuerto internacional sin limitaciones, en las mejores condiciones posibles, y sientan un dejo de ternura y lástima por quien escribió estas líneas, soñando con un país que planifique su futuro.

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