Los estertores de la guerra: Guatemala, 1992. (Primera Parte).

Me atrevería a asegurar que todos los guatemaltecos mayores de treinta y cinco años hemos oído, o recordamos haber escuchado hablar, del misterioso destino de Efraín Bámaca y la sospechosa historia de su supuesta esposa Jennifer Harbury, una profesional graduada de Harvard que se hizo famosa en la década de los 90 por la huelga de hambre que realizó en el Parque Central exigiendo saber el paradero del señor Bámaca, comandante guerrillero de la ORPA. Recordamos también los rumores sobre que Harbury rompía su “huelga de hambre” en las noches recetándose una opípara cena en el añejo comedor del Hotel Panamerican.

Esta anécdota de Harbury es tan sólo un reflejo de lo intricada que resultó la historia de su supuesto esposo, quien desapareció de la faz de la tierra un remoto 12 de marzo de 1992. Dos años después de esta fecha, Crónica publicó un excepcional artículo de investigación retomando las versiones que corrían para ese entonces sobre el destino del insurgente. El titular de portada “El enigma de Everardo” me parece ideal para iniciar una buena novela de intriga política como la que escribió Francisco Goldman alrededor del confuso asesinato del Arzobispo Juan Gerardi (“El arte del asesinato político”).

“Efraín Ciriaco nació el 18 de junio de 1957, entre milpa y cafetales, en la finca El Tablero, El Tumbador, San Marcos. Era el primogénito de José León Bámaca y Cornelia Velásquez, y el único hombre de tres hijos que procreó la pareja. Lo inscribieron con ese nombre, extraído del santoral, porque ambos padres eran católicos.” 

El artículo es una muestra de buen periodismo. Mezcla información de primera mano, obtenida mediante entrevistas con los familiares del desaparecido y testigos de los hechos, con información del libro-testimonio de Harbury, Bridge of courage, en el que se recogió la historia de este campesino reclutado por la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Muchos sospechaban que la campaña de denuncia para destapar el destino de Efraín Bámaca era mas bien una estrategia de venta y auto promoción de la abogada estadounidense.

El caso es que la vida de Efraín Bámaca fue en resumen la de miles de indígenas campesinos de la Guatemala rural. Padres jornaleros, vecinos y familiares abusivos, alcoholismo, pobreza extrema, hambre. Según el testimonio de Harbury, Bámaca se negó a seguir el patrón y buscó educarse. Su testimonio relata que el joven solía escaparse al monte por las tardes para pensar sobre su destino, y en una de esas escapadas, por el año de 1975, conoció al comandante de la ORPA Gaspar Ilom (Rodrigo Asturias), organización a la que ingresó como combatiente dos años después.

El aparato de inteligencia del Ejército de Guatemala, que según varios investigadores se convirtió en el más eficiente de Latinoamérica (ver LeBott o Brett), da muestras de su alta capacidad de recabar información. Según los autores del artículo:

Ese mismo año, en diciembre, los registros de Inteligencia Militar apuntan su incorporación a la Organización del Pueblo en Armas (ORPA). Efraín adoptó el seudónimo de Everardo y empezó su adiestramiento militar en el campamento La Pipa, donde se encontraban ocho insurgentes, entre ellos, Asturias y Javier Tambriz.”

El caso es que el joven campesino ingresó a la ORPA y anduvo haciendo la guerra revolucionaria en las faldas del volcán Tajumulco. De esta época surge una contradicción menor, pero que se suma a la larga cadenas de contradicciones que marcarían la vida de este singular personaje, pues aunque en el libro de Harbury asegura que aprendió a leer gracias a Luis Ixmatá cuando ya formaba parte de la ORPA, en la cédula de vecindad constaba que Efraín Bámaca ya sabía leer y escribir. El joven revolucionario viaja a Cuba para recibir entrenamiento militar en 1979 y ascendió a capitán a su regreso. A la muerte de Javier Tambriz en 1980, asumió el mando de la columna guerrillera que se identificó con el nombre del caído. Como la historia no es blanco y negro, y nunca podremos hablar de personas totalmente buenas o totalmente malas, el hombre heroico dibujado por Harbury en su libro, cargaba con sus sombras, según apuntan las periodistas:

Según fuentes de las Fuerzas Armadas, el frente ejecutó 95 acciones de sabotaje y alrededor de 37 asesinatos de administradores y propietarios de fincas en la zona suroccidental, bajo el mando del comandante Everardo. Estas operaciones habrían sido realizadas por la Resistencia Popular Campesina, una especie de fuerzas irregulares conformadas por habitantes del área donde operaba la ORPA.”

Este párrafo vale su peso en oro, pues recupera uno de esos terribles aspectos de la guerra revolucionaria en Guatemala: la incorporación a la lucha de la población civil por parte de las fuerzas insurgentes. Esta acción irresponsable de las organizaciones guerrilleras borró la línea entre combatiente y civil en zonas de presencia guerrillera, y puso en peligro a la población que se fue involucrando en acciones armadas, dirigidas por la guerrilla, envalentonada por una supuesta protección que ésta le habría de dar en caso el ejército reaccionara en su contra. En el caso de la ORPA la disciplina de la organización y su capacidad militar permitió que se descansara menos en este tipo de recursos, pero los creó, organizó y expuso a la represión brutal del ejército que siempre sobreestimó (voluntaria o involuntariamente) las capacidades militares reales de las organizaciones guerrilleras. El caso extremo de la irresponsabilidad y de la amoralidad de esta estrategia fue el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), que descansó su estrategia en las acciones de las Fuerzas Irregulares de Liberación (FIL), dejando expuesta y completamente vulnerable a la población que creía formar parte del EGP, recibiendo las embestidas de las Fuerzas de Tarea del Ejército de Guatemala.

Las acciones y el aparente liderazgo de Bámaca motivó a que la cúpula de la ORPA, que desde finales de los años 70 había abandonado la incomodidad de las selvas y montañas por los lobbies de los Hoteles, convocara en 1988 al comandante Everardo a la ciudad de México para integrarlo a la Dirección Nacional de la ORPA. A diferencia de Asturias, Bámaca regresó al Tajumulco a dirigir su columna. En ese lugar lo encuentra Harbury un día de 1989, iniciando una serie de entrevistas que se extenderían por un mes y que darían forma al libro de la abogada, que se parece sospechosamente al libro de Rigoberta Menchú, publicado en Europa por su amiga Burgos.

Según Harbury, en la selva de San Marcos empezó un romance con el comandante guerrillero, como un mero amorío de temporada que resultó en matrimonio. Un matrimonio del que ni el padre de Bámaca estaba enterado, pero del que testifica un documento extendido por el Estado de Texas que el 25 de septiembre de 1991 se casaron. Bámaca formaba parte de la comisión de la URNG que preparaba las mesas de discusión para las primeras rondas de las negociaciones de paz, y sus viajes para fijar la agenda sobre Derechos Humanos y Derechos de los Pueblos Indígenas facilitaron que ambos siguieran viéndose y resultaran “haciendo vida marital” en México.

De esta relación marital surge otro dato contradictorio: Harbury asegura que se comunicaba con Everardo en español, que era el segundo idioma de ambos, pues presuntamente Efraín Bámaca hablaba mam. Sin embargo, el padre del guerrillero sólo hablaba español por lo que se presume que Bámaca también habría sido educado en español y no en mam, idioma desconocido para el padre.

Este punto revela más de Harbury que de Bámaca. Revela a la típica “gringa” que viene a Guatemala a darse una ducha “antropológica”, llena de prejuicios e ideas preconcebidas de Latinoamérica. Para Harbury las tenues líneas de diferenciación cultural entre los mismos indígenas y de ellos con los ladinos no existen, y habrá asumido que Efraín Bámaca siendo indígena forzosamente tenía por lengua materna una lengua maya, y al ser originario de la zona Mam, ergo, su lengua era el mam. Un notorio faux pass, propio de quien ignora las sutilezas sociales y complejidades culturales de un país en el que conviven dos decenas de grupos indígenas étnicamente diferenciados.

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