“No hay marqués migrante” Parte I.

Guatemala es un país obsesionado con su pasado. Muchos autores han gastado ríos de tinta buscando orígenes extranjeros y nobiliarios. Muchos guatemaltecos aún se desvelan buscando algún antepasado que haya cruzado el Atlántico en los días de la conquista, para confirmar su origen español. Y esto no es exclusivo de los que quieren usar un remoto español, sino también para quienes desean remontarse a un pasado que los identifique como “mayas”.

Sobre este aún delicado tema, la revista Crónica publicó un interesante artículo titulado “Nobleza Guatemalteca”. Algunas líneas son afirmaciones realmente valientes que nos invitan a reflexionar sobre la compleja historia de nuestro país.

“El héroe militar Tecún Umán (o Tecum), quien es actualmente utilizado como el ejemplo más típico de la raza maya, era miembro de la familia real Cavec (o Cawek), o sea de los descendientes de Balam-Quitzé; por lo que si uno se basa en el Popol-Vuh, hay que concluir que no era étnicamente maya, sino tolteca.”

Cita que se basa en las investigaciones del especialista en la civilización Kiché, Robert Carmack, y que pone en tela de juicio las corrientes mayanistas que surgieron a raíz de la firma de los tratados de paz (que en esas fechas se estaban negociando) y la nueva concepción multiétnica y pluricultural de nuestra nación, que si no fuera por los sectarismos políticos que provocó, era una maravillosa idea intelectual y todo un reto académico el asumirla, estudiarla y divulgarla.

El artículo ahonda en la situación de cómo los indígenas asumieron la conquista, que se aleja por mucho del discurso oficial de guerra a muerte que los libros de primaria nos hicieron recitar en su momento. Es importante señalar que mientras el doctor Sotomora hacía estos señalamientos en 1997, la doctora Florine Asselsberg, los vino a confirmar una década después con su tesis doctoral sobre el maravilloso Lienzo de Cualquecholán. Estas líneas de estudio concluyen que la llegada de los españoles a Guatemala en 1524 cambió el equilibrio de las fuerzas internas que luchaban en el altiplano guatemalteco. Por un lado los Kichés y los Tzutujiles y del otro los Kakchiqueles, quienes se habían rebelado en contra de los primeros unos 75 años antes y sostenían una guerra de resistencia. En este contexto, los españoles se constituyeron en un nuevo grupo al que aliarse para romper el equilibrio de fuerzas, acercamiento que ganaron los Kakchiqueles, para su infortunio al largo plazo. Pero las alianzas tuvieron un impacto posterior, que revelan unas intrincadas relaciones de intereses entre los locales y los recién llegados.

“…Después de la conquista española, la gran nobleza de las familias reales k’iche’s fue reconocida por el emperador Carlos I de España y Carlos V de Alemania (1518-56) y el rey Felipe II (1556-98). Por ejemplo, a los nijaib k’iche’, el linaje descendiente de Balam Ak’ab, se les concedió un blasón que incluye el águila de dos cabezas, símbolo del imperio austro-español de los Habsburgo. Este gran honor es excepcional en la historia de Guatemala y sobrepasa en categoría a todas las familias de “abolengo” españolas establecidas en el país…”

¿Pero qué pasó realmente en Guatemala? ¿Cómo resultaron los indígenas, compartiendo títulos nobiliarios con los españoles y usando sus blasones? La respuesta es compleja pero en primera instancia se puede reducir a una palabra: política.

Don Pedro de Alvarado, con la experiencia de la conquista de México, comprendió que las complejidades de los mundos indígenas eran similares a las del mundo europeo, y que por lo tanto, había que echar mano a las alianzas, traiciones y conspiraciones típicas del mundo político. Así, los primeros aliados de los españoles, en contra de la facción dominante Kiché-Tzutujil, fueron los Kakchiqueles, quienes luego de la derrota del poder central al que venían combatiendo por décadas tuvieron que sufrir las consecuencias del pacto. Los Kakchiqueles tuvieron que compartir sus tierrras y autoridad con los recién llegados, quienes ya asegurada su posición dominante empezaron a abusar de su valor estratégico, humillando a los aliados, y menospreciando su valor estratégico-militar. Esta nueva actitud de los españoles llevó a que los kakchiqueles se rebelaran en su contra, quemando la ciudad de Iximché y obligando a los españoles a trasladarse a territorios de los K’iche’s, quienes repentinamente se vieron convertidos en los nuevos aliados estratégicos de los españoles.

Este cambio en la correlación de fuerzas en el altiplano guatemalteco de la primera mitad del siglo XVI, llevó también a cambios sociales, trastocando la situación original de los señoríos indígenas, pues:

“…Los monarcas españoles concedieron nobleza y escudo de armas a varios de los principales caciques del Reino de Guatemala. Entre ellos se encuentran Don Juan, gobernador de Atitlán; Don Jorge, principal de Tecpán-Atitlán (miembro de los nijaib k’ich’e), Don Miguel, principal de Chichicastenango, y Don gaspar, principal de Rabinal, quienes ayudaron a los frailes dominicos Bartolomé de Las Casas y Pedro de Angulo en la conquista pacífica de las Verapaces. Además se les permitió portar armas, viajar a caballo, les fue otorgada libertad en relación con las encomiendas privadas y fueron puestos en vasallaje directo del Rey…”

Son datos que ayudan a entender el complejo mosaico que se fue ordenando para imponer la paz en un vasto territorio con un limitada fuerza de españoles. Éstos tuvieron que recurrir a alianzas de conveniencias, cerrando pactos con privilegios que los principales indígenas aceptaron aún a costa de ir en contra de sus propias poblaciones, pues tal y como ha concluido Sotomora, Carmack o Asselsberg, incluso señores indígenas fueron encomenderos, lo cual ha sido poco analizado en la abundante literatura colonial que se ha publicado en Guatemala.

 

 

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