Panamá, 25 años después (II)

Parece mentira que el pujante país en el que uno desembarca luego de pasar los controles migratorios del aeropuerto de Tocumén, haya sido apenas cinco lustros atrás, un país más del siniestro pasado de la Guerra Fría. Uno puede tomar un shuttle de la terminal aérea y en menos de quince minutos camina ya por amplios y luminosos corredores de un vasto centro comercial. El aire acondicionado permite que uno camine con tranquilidad, “vitrineando” como decían las abuelitas, verificando que el pasado ha quedado en el más remoto olvido.

Ubico una librería, “El hombre de la mancha”, y busco en vano algún libro sobre la historia de la invasión norteamericana. Encuentro un magnífico libro sobre la historia de la fundación de Panamá, “El país inventado por Wall Street” de Díaz Espino, una buena novela del Panamá de los años 60’s titulado “Recuerdo Panamá”, cuyo autor, irónicamente no consigo recordar, y un álbum de fotos sobre la construcción del Canal. Pero de la invasión, nada. Pregunto a la dependiente, una mulata con cara de piedra, que se encoge de hombros y apenas murmura “lo que ve, es lo que hay” y sigue con lo suyo.

No quedan recuerdos del pasado nefasto. En la propia ciudad de Panamá hay recuerdos, muy sugestivos, de la presencia norteamericana en los sitios de la “Zona del Canal”, en donde la arquitectura es norteamericana a más no poder. Pero de la invasión, nada. No encuentro ni un solo memorial, monumento o hito pequeño que la recuerde. Ha de haber pero yo no lo encontré.

Y es que en el contexto de la Guerra Fría, Panamá, al igual que Guatemala, El Salvador u Honduras, era bastión del anticomunismo en la región, ante una perdida Nicaragua y una neutral Costa Rica. Pero Panamá era un caso especial, el Canal no podía ponerse en juego. Por eso el general Omar Torrijos desapareció en un accidente aéreo, del que ya pocos inocentes creerán que se trató de un verdadero “accidente”.

Hojeando Crónica nos topamos con el artículo “Un monstruo llamado ‘Cara de Piña’“, firmado por el desaparecido periodista español Julio Fuentes, el cual nos ofrece un retrato de cuerpo completo de este siniestro dictador, que con sus bravuconadas provocó una sangrienta invasión de la que huyó despavorido para esconderse en la Nunciatura. Un hombre formado en la Escuela de las Américas, ayudado por los EEUU para hacerse el “Hombre Fuerte” del país. Manuel Antonio Noriega, al que apodaban de cariño Tony, originario de una barriada paupérrima de Panamá, San Felipe. Estudió en el Instituto Nacional y aplicó a una beca para estudios militares en Perú, de donde regresó con el rango de subteniente. A su regreso, el poder lo detentaba un dictadorzuelo de nombre Omar Torrijos, que en contra de la mitología surgida tras su muerte, era tan o más salvaje que las demás dictaduras del momento:

“Noriega fue destinado al departamento de Chiriquí, donde según un miembro de la Comisión de Derechos Humanos de Panamá, ‘apaleaba a los presos de la cárcel y les introducía palos de escoba por el ano’. Corría el año de 1968 y ‘Cara de piña’ comenzaba a hacer carrera dentro de la Guardia Nacional.”

Manifiesta la valía de Tony como eficaz torturador, pasó de la Guardia Nacional a la siempre tenebrosa dirección de inteligencia militar (G-2). Allí otra vez se distingue:

“En poco tiempo, y gracias a los méritos adquiridos como ‘gran inquisidor’, Torrijos le nombra jefe de servicio. De aquel tiempo data un libro, que él mismo escribió, sobre técnicas de guerra psicológica contra la población civil.”

Recordemos que gracias a la Doctrina de la Seguridad Nacional, el enemigo de un país, en un contexto de guerra ideológica, podía provenir del interior mismo de la nación. Por lo que la distinción entre civil y objetivo militar desaparece. Como el enemigo en este contexto no porta uniforme, se le debe identificar por sus ideas. Es el fundamento de las guerras sucias desatadas en nuestros países.

El ascenso es meteórico. Tras la muerte de Torrijos, le sustituye en el poder el segundo al mando, el teniente coronel Florentino Flores. Tony es nombrado jefe de la guardia de Flores. Al mejor estilo del Imperio Romano y siguiendo con la tradición centurial, en el mes de junio de 1983, Tony da un golpe de palacio asumiendo la comandancia general de la Guardia Nacional. Para el periodista Fuentes, este acto marca el inicio “…de la más sucia dictadura en toda la historia de Panamá.”

Tony actúa como si fuera el dueño y señor de Panamá, encima incluso del propio presidente. La razón es que Noriega, desde sus años como oficial de la G-2, es también un agente a sueldo de la CIA, vigilando y compartiendo datos de gente y movimientos de la izquierda panameña y de sus vínculos con los demás países de la región. Estuvo involucrado en el espinoso asunto Irán-Contras. En esa época su jefe era George Bush, quien luego sería presidente de los Estados Unidos. Tony tenía el apoyo de los EEUU y por lo tanto su poder era virtualmente infinito. Y actuaba en consecuencia:

“Sus iras sólo se aplacaban con la venganza, machacando y humillando a sus enemigos. De esa manera logró un dominio casi hipnótico sobre los panameños durante años, un pueblo que no ha querido verter su sangre por el tirano que los oprimía”.

Hombre extraño Tony Noriega. Obsesionado con la magia negra. Usa el poder de sus dioses para asegurar su poder. Les levanta altares y les pide castigos para sus enemigos. Los marines descubren en Fuerte Amador un altar con animales sacrificados y listas de personas, presumiblemente malditos. Pero también es un hombre que sabe hacer bien su papel como efectivo del servicio de inteligencia:

“Su poder se basaba en la obtención de información en todos los rincones del país, por insignificante que fuese. Compraba a los estudiantes opositores dándoles facilidades para estudiar gratis o regalándoles pases gratuitos para comprar en la zona libre de Colón. A cambio, ellos pasaban información sobre la oposición.”

Tal vez no sea tan difícil de explicar por qué los panameños rehuyen a la historia de la invasión. La gota que derramó el vaso fue, al parecer, que Noriega estaba amasando un poder inmenso paralelo al apoyo norteamericano gracias a sus vínculos con los carteles de la droga colombiana. Panamá se estaba convirtiendo en una inmensa bodega de cocaína y otros estupefacientes, y Tony no sólo cobraba honorarios por gestiones en Fuerte Amador, los marines descubrieron un laboratorio para procesar cocaína.

Bush, su padrino del mundo de la inteligencia, decide que no va más este generalote que lo desafía en público. Marines ocupan ciudad de Panamá en diciembre de 1989, y los Batallones de la Dignidad y la Guardia Nacional se esfuman en el aire tórrido de la tropical capital panameña. Los habitantes de la ciudad a lo suyo: a saquear la ciudad completa.

Julio Fuentes, fallecido en 2002 en Afganistán durante una emboscada montada por los Talibanes, dejaba sus impresiones de la invasión al final de su interesante artículo: “Mientras tanto, los panameños aclaman a las tropas norteamericanas por las calles de Panamá sin sentir rubor ni humillación ante el espectáculo de la invasión.”

A 25 años de estos lamentables sucesos, usted puede recorrerse la ciudad entera y no encontrar ningún atisbo siquiera de este pasado inmediato. O será que no busqué tan concienzudamente.

 

 

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