Panamá, 25 años después.

En el mes de diciembre de este 2014 se conmemorarán los 25 años de un hecho que todavía sorprende, la invasión de los Estados Unidos a Panamá. Sorprende por dos cosas: primero, que el gigante invadiera un país tan pequeño, aunque de vital importancia, y segundo, que el hecho ahora nos parezca tan lejano, tan imposible, tan ajeno.

Recuerdo que las primeras noticias de la invasión llegaron a casa vía la novedad de la televisión por cable, cuando aún eran contados los canales a los que se tenía acceso. Las primeras imágenes nocturnas de centellas estallando sobre el cielo de la capital panameña fueron transmitidas a la mañana siguiente de ocurridas; fueron pocas. Lo que abundó fueron los reportajes escritos, principalmente los publicados por el periodista español Julio Fuentes y la conocida Maruja Torres, que vio como un marine asesinaba a su fotógrafo.

La censura fue férrea. Las fotografías que se publicaron en los diarios, y en Crónica, eran soltadas por cuentagotas por las oficinas de prensa norteamericanas. Los periodistas extranjeros se las vieron a palitos para transmitir sus cables, enviar sus videos y fotografías, como dejó constancia Maruja Torres en su libro Amor América, en cuyo capítulo de Panamá relata la invasión que ella vivió, pero que se publicó años después, ya entrados los noventa.

Crónica, en su momento, nos acercó al drama con el artículo “Cuando el fin no justifica los medios“. Este abría con frases memorables, indicadoras de buen periodismo:

“…Estados Unidos (…), pasando por encima de la comunidad internacional, decide usar la fuerza de sus Marines e invadir un país, sin importarle destruir vidas humanas entre la población civil, a la que dice defender…” 

Frase que tiene ecos que escucharíamos cuando años después, los mismos Marines invadirían Haití para deshacerse de Raoul Cedrás, e Irak, y Afganistan. Es la propaganda gastada de la democracia que justifica despedazar Bagdad o la diminuta isla de Granada.

Lo increíble del caso panameño (como del caso iraquí) es que el hombre que desató la violencia, el general Manuel Antonio Noriega, presidente de la república canalera, era un amigo de los Estados Unidos apenas meses atrás y se había sostenido en el poder, contra viento y marea, gracias al apoyo de los mismos que ahora invadían el país. Noriega, experto en tortura, atento alumno de la infame Escuela de las Américas ya en su sede de Fort Benning, Georgia, había llevado la represión a niveles de una efectividad quirúrgica, anulando a la oposición y cimentando un control que ni el mismo general Torrijos pudo soñar siquiera. Pero en esa vorágine de drogas, poder y violencia, Noriega fue perdiendo el norte y en un momento de debilidad mental desafió a sus protectores machete en mano. Suficiente. A extirpar el cayo molesto.

“…la administración Bush decidió tomarse el problema panameño como algo muy norteamericano, dio la orden de invadir Panamá a ‘sangre y fuego’, y con un impresionante despliegue militar, logró derrocar al dictador involucrado con el narcotráfico…” 

Como se supo más tarde, el asunto del narcotráfico tenía sus zonas ciertamente oscuras.  Noriega convirtió a Panamá en la más grande bodega de drogas jamás vista en América gracias a sus vínculos con la CIA y con el programa de triste recuerdo bautizado “Caso Irán-Contras”, destapado por los propios periodistas estadounidenses. Pero dejando a un lado las tramas secretas, de las que se sabría años después, el momento mismo de la invasión fue un evento increíble e indignante para la mayoría de países, tal y como lo destacó la ONU en una resolución aprobada en los últimos días de 1989 en que exigió el fin de la intervención norteamericana y el inmediato retiro de las tropas invasoras.

Recuerdo las pocas escenas transmitidas de los Batallones de la Dignidad, pobremente armados, tratando de resistir en las esquinas a la fuerza militar de los Marines. Que eran delincuentes, policías de la secreta y otras personas de dudoso origen y virtud no lo dudo, pero no dejaba de sorprender con qué entereza se enfrentaban con revólver en mano, a los M-16 y M-60 de las fuerzas invasoras.

La revista reportaba en ese número que: “…la intervención de EEUU, ha dejado centenares de fallecidos en combate con milicianos de la llamada ‘resistencia patriotica’…” , y un desmoronamiento de la autoridad (antecedente lamentable de lo que habría de pasar en Bagdad tras la entrada de los mismos Marines), que llevaron al país al borde de la anarquía, con saqueos generalizados y violencia desbordada que tuvo que ser contenida por iniciativa de los propios ciudadanos que debieron unirse en las “autodefensas de barrio”, para proteger sus bienes y sus vidas.

La violencia ejercida sobre el pequeño país, fue caricaturizado por el gran Carlos Fuentes, que calificó los sucesos de una reacción de “Macho Hemisférico”, y que la invasión era “…una sórdida vendetta contra el soldadote que resultó respondón…”.

La contundencia de la invasión se debió a que Panamá era, para su mala suerte, la sede del Comando Sur, establecido en la Zona del Canal, en el que “…se cuenta un avanzado centro de comunicaciones y escucha electrónica y su principal escuela de guerra en la selva…”. Pero a pesar que tenía al invasor durmiendo literalmente a la vecindad de la ciudad, Noriega pudo escapar en un principio gracias a sus contactos con las altas esferas de gobierno estadounidense, quienes supuestamente le informaron de la invasión con 48 horas de antelación. Se aseguró incluso que fue un funcionario del Departamento de Estado quien lo advirtió.

“…se produjo una llamada telefónica advirtiendo de que la ´la hora H’ era la una de la madrugada del día 20. La llamada telefónica fue interceptada por la Agencia de Seguridad Nacional desde un puesto de escucha próximo a la ciudad de Panamá...” .

La ASN es la misma NSA (por sus siglas en inglés) en la que trabajó Snowden, ese analista que puso en jaque al gobierno de los Estados Unidos tras destapar el programa global de espionaje de comunicaciones, en el que rutinariamente los EEUU espían incluso a sus aliados, de los que Ángela Merkel ha sido el más significativo y la que ha sido más enfática en sus críticas a la administración Obama.

Lo increíble del caso es que el propio Manuel Antonio Noriega (hoy convertido en un vejete alelado al que jalonean todos ante las cámaras) había estado en la Embajada de los Estados Unidos en ciudad de Panamá la noche del 19 de diciembre, apenas unas horas antes de la famosa ‘Hora H’. Es decir, un grupo de Marines de los que cuidan las embajadas pudo haberlo arrestado en la acera de enfrente sin ningún problema y evitar el río de sangre que provocó la invasión.

Pero esas sutilezas humanas son mucho pedir cuando se pretende que el castigo sea ejemplar.

 

 

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