Un día en Managua.

Rodrigo Fernández Ordóñez

Hojear Crónica es un viaje al pasado. Algunos reportajes parecerán textos de ficción para el lector joven de hoy, como Un día en Managua.

Nicaragua estaba gobernada, como lo está hoy, por Daniel Ortega, el líder máximo de la Revolución Sandinista. Para la época, Nicaragua vivía guerra otra vez. Un grupo rebelde antisandinista financiado por los EEUU, “La Contra”, luchaba contra el régimen en el norte del país, en donde tenía sus principales cuarteles y algunos grupos dispersos en el sur.

Aunque Managua vivió la guerra de lejos, ésta se hacía presente poco a poco en la vida de los nicaragüenses. El panorama urbano, arrasado por el terremoto de 1972, no podía ser reconstruido pues la guerra contra Somoza se había llevado una buena cantidad de años, dinero y desarrollo. La inevitable migración interna ahogaba el precario tejido urbano de la capital. “Cerca de doscientos mil campesinos habían llegado a la ciudad huyendo de la guerra y cuando Managua creció rápidamente hasta absorber casi un tercio de los tres millones de habitantes del país, todos los servicios quedaron desfasados.”

1988 era un año de guerra en Centroamérica. En Guatemala, los últimos estertores de las guerrillas reunidas en la URNG realizaban atentados a la infraestructura del país. En El Salvador, las guerrillas del FMLN eran fuertes en amplias regiones del país y amenazaban peligrosamente a su capital, sobre la que cayeron al año siguiente en una última ofensiva general. Pese a que la pobreza y el elevadísimo gasto militar eran rasgos comunes: “A los ojos del viajero, el contraste entre la ciudad de Guatemala y Managua no podía ser más dramático. Después del terremoto del 72, el centro no fue reconstruido porque estaba asentado sobre una de las fallas geológicas de la ciudad. En muchas manzanas sólo alcanzo a ver champas construidas por los recién llegados con materiales de desecho. Era la estación más seca del año  y el polvo invadía por completo el taxi.”

Managua lucía también el conocido paisaje de los países socialistas: colas de personas en todas partes. Almacenes desabastecidos con anaqueles vacíos o llenos de productos innecesarios. “Las latas de conservas, algunas oxidadas, procedentes de algún país de Europa Oriental, le llamaron la atención. El ron cubano disfrutaba de una larga estantería. Como éste era un supermercado libre, sin necesidad de presentar tarjeta de racionamiento, todos los productos eran más caros. El viajero vió panela, arroz, sal, pastas y café, pero no pudo comprender quién podía comprar tanto pashte, pues ocupaba otra estantería tan larga como la del ron.” En una tienda para diplomáticos en donde el pago se hace en dólares, en un doble sistema económico paralelo e incomprensible, basado en la discriminación en perjuicio del ciudadano nacional “había desde champán francés a carne de exportación y bombillas, pasando por semanarios norteamericanos, como Newsweek y Time, o diarios como el Miami Herald…”

Ni la salud se salvaba de este incomprensible sistema. “En las farmacias no hay gran cosa. Los productos de marca han desaparecido para dar paso a medicinas genéricas que se envasan localmente. El taxista se había quejado, airado, de las medicinas que se reciben de Europa Oriental con instrucciones en checo, ruso, que nadie entiende…”, es un pasaje que nos recuerda que América es el espacio del realismo mágico.

Ante estos apuntes uno no puede dejar de pensar en la máxima quien no conoce su historia, está condenado a repetirla. Por esto es valiosísimo el aporte de Crónica de una época, para que no nos dejemos deslumbrar por los brillos dorados del populismo, elección que tan cara está pagando Venezuela en estos sombríos días para ellos.

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